CARTA PASTORAL
SEMANA SANTA 2026
Libres de verdad:
La liberación que Cristo trae desde
adentro
A todos mis hermanos y hermanas,
a sacerdotes y congregados, a quienes sirven y a quienes buscan,
a todos los que anhelan encontrar a Dios
en este tiempo convulso.
✦ ✦ ✦
I. EL
TIEMPO QUE HABITAMOS
Queridos Congregados:
Les escribo en el umbral
de la Semana Santa con el corazón apretado y la esperanza intacta. Es difícil
no sentir el peso del mundo estos días: en las llanuras de Gaza, en las estepas
de Ucrania, en los desiertos de Sudán, la sangre de gente inocente sigue
empapando la tierra. El ruido de las bombas parece haberse instalado como fondo
permanente de nuestra época, y uno se pregunta a veces si el silencio del
Gólgota puede decir algo todavía ante tanto estrépito.
Creo que sí puede. Más que
nunca, de hecho.
“Nos hiciste para ti, Señor, y
nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”
—
San Agustín de Hipona, Confesiones I,1,1
Porque la guerra más
devastadora de nuestro tiempo no se decide en los frentes de batalla ni en las
salas de guerra. Se decide en el interior de cada ser humano. Mientras esa
guerra interior no encuentre su Señor y su sanador, las guerras exteriores no tendrán
fin.
Por eso esta carta no es
un análisis geopolítico. Es una invitación: a dejarse liberar. A descubrir que
Jesús vino exactamente para esto, y que la Semana Santa es la puerta más ancha
que Dios ha abierto para que entremos.
“No os conforméis a este siglo,
sino transformaos por la renovación de vuestra mente.” (Rom 12,2)
II. LA
RAÍZ DE NUESTRA VIOLENCIA
Lo
que llevamos por dentro
Hay algo que los seres
humanos sabemos bien, aunque nos cueste admitirlo: la violencia que sale al
mundo viene de adentro. No nacemos en paz y nos corrompe la sociedad; llevamos
dentro una tensión original que, si no se trabaja, se convierte en resentimiento,
en odio, en destrucción.
La Biblia tiene un nombre
para eso: el pecado. No como registro de delitos morales, sino como una
esclavitud real, una cadena que ata la libertad del corazón y lo inclina hacia
sí mismo, contra los demás, lejos de Dios. San Pablo lo describe con una honestidad
que estremece: «Lo bueno que quiero hacer, no lo hago; el mal que no quiero
hacer, ese es el que hago» (Rom 7,19). Él mismo, apóstol elegido por Cristo,
habla desde adentro de esta experiencia.
Los Padres del Desierto
—esos maestros del alma que en el siglo IV se internaron en los yermos de
Egipto para aprender a conocerse— llamaron a esta realidad los logismoí: los
pensamientos perturbadores que asaltan al ser humano desde dentro. Evagrio Póntico,
uno de los más lúcidos entre ellos, enseñaba que la ira es el más peligroso de
todos: nace de una herida real o imaginaria
y, si no se enfrenta con valentía y oración, se vuelve el canal predilecto por
donde el mal entra a gobernar el alma. No porque el diablo fabrique esos
pensamientos de la nada, sino porque aprovecha las grietas de nuestras heridas
para ensancharlas.
“El que guarda el rencor en su
corazón y pretende al mismo tiempo orar es como quien siembra en el mar y
espera cosechar.”
—
Evagrio Póntico, Sobre la oración, 22
Cuando
el mal se vuelve sistema
Hay algo todavía más
inquietante que la violencia individual: la violencia que se convierte en sistema. Cuando el odio
étnico, el fanatismo o la deshumanización del adversario se instalan en
culturas enteras, estamos ante algo que supera la suma de las voluntades
individuales. El teólogo Walter Wink lo llamó «los poderes y principados»:
estructuras de pecado que adquieren una vida casi propia y arrastran a
millones.
Es lo que vemos en los
conflictos actuales cuando el mal trasciende toda lógica estratégica. El
ensañamiento con civiles, el uso del hambre como arma de guerra, la destrucción
deliberada de hospitales y escuelas: hay un exceso de crueldad que ninguna geopolítica
puede explicar del todo. Cuando el mal se convierte en fin en sí mismo, la
teología tiene algo que decir que la ciencia política no puede decir.
Y lo que dice es esto: hay
un enemigo real. La Sagrada Escritura lo llama con varios nombres —Satanás, el
Maligno, el Adversario— y la Iglesia ha custodiado siempre esta verdad sin
mitologizarla ni trivializarla. No se trata de un personaje de cuento para
asustar niños. Se trata de una fuerza de oscuridad que, como enseña el
Catecismo, «ejerce cierto dominio sobre el mundo como consecuencia del pecado
original» y trabaja incansablemente para «falsear la imagen de Dios en el
hombre» (nn. 407, 2851).
«Porque no tenemos que luchar contra
seres de carne y sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades,
contra los Dominadores de este mundo tenebroso.» (Ef 6,12)
“Dos amores fundaron dos ciudades: el
amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena; el amor
de Dios hasta el desprecio de sí mismo edificó la celestial.”
—
San Agustín de Hipona, La Ciudad de Dios XIV, 28
III.
JESUCRISTO: EL LIBERADOR QUE VIENE DE ADENTRO
No
vino a ganar batallas; vino a romper cadenas
Aquí está el corazón de
todo lo que quiero decirles: Jesús de Nazaret no vino al mundo para ser un
reformador político ni un caudillo religioso. Vino a liberar. A liberar de
verdad, desde adentro, desde la raíz.
Los que lo aclamaron el
Domingo de Ramos esperaban otra cosa. Esperaban un Mesías guerrero, el nuevo
David que expulsaría a los romanos. Las palmas que agitaban eran el símbolo de
la resistencia armada. Querían que Dios se pusiera del lado de sus intereses
nacionales y aplastara al enemigo. Es una tentación que reaparece en cada
época: usar a Dios como bandera de nuestras guerras.
Jesús entró en Jerusalén
montado en un asno. Un gesto deliberado, cargado de significado: cumplía la
profecía de Zacarías —«Tu rey viene a ti, humilde, montado en un asno»— y al
mismo tiempo desmontaba, con ese solo detalle, todas las expectativas de mesianismo
violento. No venía a sumar más espadas al mundo. Venía a transformar los
corazones que las empuñan.
La
Cruz: el exorcismo más grande de la historia
La muerte de Cristo en la
Cruz es muchas cosas a la vez, y la tradición cristiana nunca ha querido
reducirla a una sola. Es sacrificio de expiación, sí; pero es también —y esto
es lo que quiero subrayar— una victoria sobre los poderes del mal. Una victoria
que no se parece a ninguna otra victoria humana.
San Juan lo dice así en su
Evangelio: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo
será echado fuera» (Jn 12,31). La palabra griega que usa —ekblethésetai exo— es
exactamente la misma que se usa para describir los exorcismos de Jesús durante
su ministerio. La Cruz es el exorcismo definitivo: la liberación más profunda y
más universal que ha tenido lugar en la historia.
¿Cómo opera esa
liberación? Al matar al único Inocente, la lógica de la violencia se destruye a
sí misma. Al dar su vida libremente, sin odio, sin maldición, sin deseo de
venganza, Jesús rompe la cadena que une herida con herida, ofensa con
represalia, muerte con muerte. Recibe toda la violencia del mundo y no la
devuelve. La absorbe. La transforma desde adentro en perdón.
San Juan Crisóstomo,
contemplando la escena del Calvario, decía que las palabras «Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen» son el mayor milagro de la historia: mayor que
caminar sobre el agua, mayor que resucitar a Lázaro. Porque resucitar a un muerto
es impresionante, pero perdonar de corazón a quien te está clavando los clavos
mientras lo hace —eso es la vida de Dios manifestándose donde parecía
imposible.
«Padre, perdónalos, porque no saben
lo que hacen.» (Lc 23,34)
“La gloria de Dios es el hombre
plenamente vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios.”
—
San Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 20, 7
Resucitado:
la liberación que no termina
La Resurrección no es el
epílogo feliz de una historia trágica. Es la demostración de que el amor de
Dios es más fuerte que todo lo que nos encadena. Más fuerte que la muerte, que
el pecado, que el miedo, que el odio acumulado durante generaciones.
El Cristo Resucitado no
vuelve para ajustar cuentas. Vuelve diciendo «la paz esté con vosotros» —y lo
dice a los mismos que lo habían abandonado la noche del huerto—. Esa paz que
trae no es la ausencia de conflicto: es una nueva forma de existir, habitada
por el Espíritu, liberada de la tiranía del yo cerrado sobre sí mismo.
Esta es la libertad que
Jesús ofrece: no la independencia del que no necesita a nadie, sino la libertad
del que ama sin miedo, sirve sin cálculo, perdona sin llevar la cuenta. Es la
libertad de los hijos de Dios, que el Espíritu Santo siembra en el corazón de
quien se deja alcanzar.
“La Resurrección no es el retorno al
estado anterior; es la irrupción definitiva de lo eterno en lo temporal: el
amor de Dios que ya no puede ser derrotado por ninguna forma de muerte, de
pecado ni de absurdo.”
—
Hans Urs von Balthasar, Teología de los tres días
«Si el Hijo os libera, seréis
verdaderamente libres.» (Jn 8,36)
IV. CADA
DÍA DE ESTA SEMANA SANTA: UN PASO DE LIBERACIÓN
Domingo
de Ramos — Soltar las expectativas
La multitud que aclama a
Jesús ese domingo tiene los corazones llenos de expectativas. Quieren que Dios
les dé lo que ellos ya han decidido que necesitan. Es muy humano. También es
una forma sutil de esclavitud: la esclavitud de nuestras propias proyecciones
sobre Dios.
Este domingo es una
invitación a preguntarse honestamente: ¿qué Jesús espero yo? ¿Espero al que
derrote a mis enemigos, al que valide mis convicciones, al que me confirme en
lo que ya pienso? ¿O estoy dispuesto a encontrar al Jesús real, que muchas
veces decepciona nuestras expectativas pequeñas para cumplir algo mucho más
grande?
La primera liberación de
la Semana Santa es esta: soltarle las manos a Dios para que sea Él, no para que
sea la versión que nosotros hemos fabricado de Él.
Jueves
Santo — La revolución del servicio
Lo que hace Jesús en el
Cenáculo lavando los pies de sus discípulos no es un gesto simpático de
humildad. Es un acto subversivo. En la cultura de entonces, lavar pies era
tarea de esclavos, no de maestros. Pedro lo entiende instintivamente y
protesta: «¡Tú no me lavarás los pies jamás!» (Jn 13,8).
Jesús invierte la pirámide
de poder. Y esa inversión es, para quienes lo seguimos, el corazón de la
vocación cristiana. No estamos llamados a dominar, ni siquiera con buenas
intenciones. Estamos llamados a servir. A vaciarnos. A ponernos de rodillas.
Hay una esclavitud que no
siempre reconocemos en nosotros: la esclavitud del ego que necesita ser
reconocido, que lleva la cuenta de lo que da y lo que recibe, que sirve pero
con condiciones. El Jueves Santo es el día en que Cristo nos ofrece libertad también
de eso. La libertad de quien da sin esperar nada a cambio, porque sabe que todo
lo que tiene —incluyendo su propia vida— es regalo recibido.
«El que quiera ser grande entre
vosotros, que sea vuestro servidor.» (Mt 20,26)
Viernes
Santo — La violencia que se detiene en nosotros
Este es el día más hondo.
El día en que Jesús recibe todo: la traición de un amigo, el abandono de los
demás, la injusticia del juicio, la crueldad de la tortura, la muerte pública y
deshonrosa.
Y no devuelve nada de eso.
No maldice. No planifica la venganza. No cultiva el resentimiento. Desde la
Cruz, perdona.
El Viernes Santo nos hace
la pregunta más difícil de la Semana Santa: ¿qué hacemos nosotros con las
heridas que hemos recibido? ¿Las seguimos pasando hacia adelante —al hijo, al
empleado, a la pareja, al vecino— o hay en nosotros el germen de una interrupción
de esa cadena?
La espiritualidad de la
Cruz no pide resignación ni pasividad. Pide algo infinitamente más heroico: que
la violencia recibida se detenga en nosotros, que el amor absorba lo que el
odio quería propagar. Cada vez que alguien hace esto —aunque sea en las cosas
pequeñas de la vida cotidiana— el mundo cambia un poco. La paz se construye
exactamente así: persona a persona, corazón a corazón.
“El Sábado Santo es la mayor kénosis:
el Hijo de Dios ha descendido hasta el fondo del abandono humano no para
contemplarlo desde fuera, sino para habitarlo desde dentro, y así transformar
desde la raíz toda soledad y toda muerte.”
—
Hans Urs von Balthasar, Mysterium Paschale
Vigilia
Pascual — La liberación que se renueva
La Vigilia Pascual tiene
algo de génesis nueva. El fuego que se enciende en la oscuridad, la Palabra de
Dios que repasa toda la historia de la salvación, el agua del bautismo: todo
habla de un mundo que empieza de nuevo.
El Bautismo que se celebra
en esta noche —y que todos nosotros renovamos— es exactamente esto: liberación
ontológica. No una mejora moral, no un propósito de enmienda. Una muerte y una
resurrección. El hombre viejo atado por el pecado muere con Cristo bajo el
agua; el hombre nuevo, habitado por el Espíritu, emerge con Él.
Ese himno antiguo y audaz
que cantamos en el Exsultet proclama algo que podría escandalizar si no lo
entendiéramos bien: «¡Oh feliz culpa, que mereció tener tan grande Redentor!»
No glorifica el pecado. Afirma algo todavía más sorprendente: que Dios es capaz
de sacar bien de lo peor que hemos hecho y lo peor que nos ha pasado. Que la
última palabra no la tiene el mal. Que la historia, por más oscura que se
ponga, tiene un Señor que no se rinde.
«¿Acaso no sabéis que todos los que
fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos,
pues, sepultados con Él por el bautismo en la muerte, a fin de que, así como
Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en novedad de vida.» (Rom 6,3-4)
V.
APRENDER A ESCUCHAR EL ESPÍRITU
Una de las riquezas más
prácticas que la tradición cristiana ofrece al mundo de hoy es el arte del
discernimiento de espíritus. No es esoterismo ni misticismo nebuloso: es una
psicología espiritual refinada a lo largo de siglos de experiencia humana y sobrenatural.
San Ignacio de Loyola lo
formuló con una claridad que sigue siendo vigente. El Espíritu de Dios produce
en el alma ciertos frutos: paz, claridad, amor que se expande, deseo de servir,
humildad que da alegría. El espíritu que no viene de Dios produce lo contrario:
agitación, confusión, repliegue sobre uno mismo, necesidad de tener razón,
desprecio del otro.
Aplicado a nuestra
situación concreta: cuando sentimos el impulso de desearle el mal al
adversario, de cerrar el corazón al sufrimiento de quien piensa distinto, de
justificar cualquier violencia mientras venga de «nuestro bando» —ese impulso
no viene del Espíritu de Cristo, aunque lo revistamos de argumentos teológicos
o patrióticos.
El criterio es el que
Jesús mismo dio: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). Los frutos del
Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, mansedumbre (Gal 5,22). Los frutos
del adversario son la división, el odio, la deshumanización del diferente, la autojustificación
que no admite límites.
Esto no significa que no
haya causas justas ni que toda violencia sea equivalente. Significa que incluso
en las causas más legítimas, el corazón necesita vigilancia constante para no
ser colonizado por lógicas que terminan destruyendo lo que querían defender.
“El amor no es sentimiento: es la
decisión de entregarse al otro tal como es, sin reservas ni condiciones. Es
esto lo que hace el Hijo de Dios en la Cruz, y es precisamente esto lo que nos
pide que imitemos en nuestra vida ordinaria.”
—
Hans Urs von Balthasar, Solo el amor es digno de fe
VI. LO
QUE LES PIDO ESTA SEMANA SANTA
A
todos los fieles
Les invito a vivir estos
días no como espectadores de un rito bello pero lejano, sino como personas que
se juegan su propia liberación. Concretamente:
Dediquen cada noche de
esta semana unos minutos a revisar los pensamientos de violencia —física,
verbal, imaginaria— que han albergado durante el día. No para azotarse con
culpa, sino para nombrarlos y llevarlos ante Cristo con sencillez. Lo que no se
nombra no puede liberarse.
Oren por las víctimas de
las guerras —de todos los bandos—. Pronunciar ante Dios el nombre de un
inocente que murió en Gaza o en Ucrania o en Sudán es un acto de fe: afirmar
que ante el Padre no hay víctimas de primera y de segunda, sino personas con
nombre y rostro, amadas todas por el mismo amor.
Acérquense al sacramento
de la Reconciliación. No como higiene espiritual rutinaria, sino como lo que
realmente es: el gesto más concreto de la victoria de Cristo. Cada absolución
es una pequeña Pascua. Cada perdón recibido y otorgado es una semilla de paz
que el mundo no puede fabricar por sí solo.
A
sacerdotes y congregados
Les pido que se dejen
liberar ellos mismos antes de hablar de liberación. El clericalismo —la
tentación del poder revestido de ornamentos—
es quizás la esclavitud más insidiosa para quien sirve en el ministerio, porque
viene disfrazada de celo pastoral. El Jueves Santo, cuando lavan los pies, no
lo hagan como gesto litúrgico: dejen que les toque el alma.
Y les pido que ofrezcan a
sus comunidades un discurso sobre la violencia que sea honesto y exigente. Ni
eslóganes pacifistas que evitan la complejidad, ni bendiciones religiosas para
causas de guerra. El Evangelio tiene una claridad incómoda: la lógica del Reino
no es la lógica de la espada. Hay que tener el valor de decirlo aunque no sea
popular.
VII. LA
PASCUA COMO PUNTO DE PARTIDA
La Vigilia Pascual termina
con una pregunta que la Iglesia lleva siglos haciéndole al mundo: «¿Renuncias a
Satanás, a todas sus obras y a todas sus seducciones?»
Parece una pregunta
arcaica. Es, en realidad, la pregunta más contemporánea que podemos hacernos.
¿Renunciamos a la lógica del odio? ¿Al placer oscuro de ver sufrir al
adversario? ¿Al ídolo de la violencia que promete justicia y produce más
heridas?
Si respondemos que sí —no
con palabras ceremoniales, sino con la decisión real del corazón—, entonces la
Pascua de Cristo se convierte en nuestra Pascua. La guerra más devastadora, la
que se libra en nuestro interior, empieza a tener otro desenlace. Y desde esas
profundidades transformadas, algo en el mundo cambia. No como utopía política,
sino como consecuencia real de la vida nueva de los bautizados.
La liberación que Cristo
ofrece no es una promesa para después de la muerte. Empieza aquí, esta semana,
en este corazón que se abre. Él lleva dos mil años esperando exactamente ese
momento.
Que el Espíritu que
resucitó a Jesús de entre los muertos haga lo mismo con nuestros corazones
endurecidos por el miedo y el resentimiento. Que esta Semana Santa sea el
inicio de una libertad que no termine jamás.
«Si el Hijo os libera, seréis
verdaderamente libres.» (Jn 8,36)
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Dada en la Semana Santa, Año del Señor 2026
Con la gracia de Cristo Resucitado y el afecto de su
pastor,
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Patriarca Andrés Tirado.